El fotógrafo de Mauthausen

El fotógrafo de Mauthausen, de Salva Rubio, Pedro J. Colombo y Aintzane Landa (Norma Editorial)

Francesc Boix es una figura histórica de tanta importancia que debería ocupar un lugar destacado en nuestra memoria. Por desgracia, nació en un país donde casi cuarenta años de dictadura impusieron el silencio y donde tras cuatro décadas de régimen democrático aún no se ha conseguido reparar este olvido deliberado. En estos tiempos de ascenso de la extrema derecha, de revisionismo histórico y de blanqueamiento de la dictadura franquista y del fascismo, El fotógrafo de Mauthausen, la obra guionizada por Salva Rubio, dibujada por Pedro J. Colombo y con color de Aintzane Landa lleva a cabo una labor fundamental: recupera la heroica y trágica historia de Francesc Boix, pone en valor sus actos y recuerda a los miles de españoles que fueron víctimas del nazismo.

 

Francesc Boix nació en Barcelona en 1920. Su padre era un gran aficionado a la fotografía y fue él quien le transmitió su pasión por este medio, que se convertiría más adelante en su oficio. Desde muy joven empezó a militar en las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) y su compromiso político lo llevó a participar en la revista Juliol y posteriormente, en 1938, a combatir en el ejército republicano. Tras la victoria del bando franquista se exilió a Francia, donde tras pasar por dos campos de internamiento para refugiados pasó a formar parte de una compañía de trabajadores extranjeros para el ejército francés. En mayo de 1940 fue capturado por el ejército alemán y después de estar unos meses en un Stalag – campo de internamiento para prisioneros de guerra -, a principios de 1941 fue trasladado a Mauthausen, donde permaneció hasta el final de la guerra.

El cómic se centra en la etapa en que Francesc Boix estuvo encerrado en el campo de concentración. El propio protagonista, tras el final del conflicto bélico, nos narra en primera persona sus vivencias desde la frontera entre España y Francia. Por este motivo, Salva Rubio utiliza un gran flashback que recorre de forma cronológica los más de tres años que Boix sobrevivió en Mauthausen. Con gran rigurosidad histórica, las viñetas reconstruyen el día a día de los internos y muestran la extrema crueldad con la que fueron tratados por los SS. Desde la llegada a la estación de tren, tras un trayecto espeluznante de varios días, los autores tratan de poner el foco en la vida cotidiana del campo y en la forma en que los prisioneros se organizaban para tratar de sobrevivir. A este respecto, es fundamental el papel del Partido Comunista, ya que sus miembros, los más politizados, fueron capaces de planificar diversas estrategias para poder seguir luchando contra el nazismo.

Francesc hizo valer sus conocimientos fotográficos para encontrar un trabajo mucho más favorable que el transporte de piedras desde la cantera a la que la mayoría de sus compañeros estaban condenados. Trabajaba en el servicio de identificación de la Gestapo, encargado de tomar fotografías de todos los prisioneros que llegaban al campo, a las órdenes del siniestro Paul Ricken, uno de los personajes más importantes de la trama. Una de las tareas que llevaba a cabo Ricken era falsificar las fotografías que probaban la naturaleza de la gran cantidad de asesinatos que cometían los guardias. Intento de fuga o suicidio eran las dos explicaciones más habituales para justificar las atrocidades de los SS.

Francesc Boix rápidamente fue consciente de la importancia de esas fotografías, ya que demostraban los crímenes cometidos por los nazis. Su objetivo inicial era conseguir sacar los negativos del campo y hacerlos llegar a Moscú para que fueran usados como propaganda bélica; pero a medida que avanzaba el conflicto y ante las derrotas alemanas tenían que servir como prueba de lo sucedido en Mauthausen. Ante el avance soviético y aliado, las instrucciones de los SS eran claras: había que destruir toda evidencia de los crímenes. Por este motivo la labor del protagonista y sus compañeros tenía un valor tan elevado y al mismo tiempo suponía un gran riesgo. Pese a las dificultades, consiguieron salvar miles de negativos que, más adelante, en los juicios contra los grandes jerarcas nazis, como los de Núremberg o Dachau, permitirían demostrar sus crímenes.

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El propio Francesc fue testigo de la acusación en Núremberg y gracias a su testimonio y a las fotografías que presentó ante el tribunal aliado fue condenado, entre otros, Ernst Kaltenbrunner, la mano derecha de Himmler. Pese a este éxito, el cómic refleja muy bien la sensación de decepción y abandono que tuvieron buena parte de los supervivientes de los campos de concentración y exterminio. Este hecho fue especialmente relevante para los miles de prisioneros españoles, que tenían la esperanza de que los aliados derrocaran a Franco por su colaboración con Hitler y Mussolini. La lógica de la guerra fría se impuso y los combatientes republicanos, que habían defendido al gobierno legítimo de España ante un golpe de estado, que habían resistido una guerra cruenta de tres años, que se habían exiliado y habían seguido luchando contra el nazismo y el fascismo vieron como su lucha era convertida en estéril.

El fotógrafo de Mauthausen es un cómic notable, pero lo que en mi opinión lo convierte en imprescindible es el extenso dossier histórico que incluye como anexo. En primer lugar, el propio Salva Rubio explica con total transparencia qué partes de la trama han sido ficcionadas en beneficio de la narración, para que no quepa duda de la veracidad histórica de los hechos. A continuación, el dossier incorpora artículos de Rosa Torán, historiadora y vocal de la junta del Amical de Mauthausen; de Ralf Lechner y Gregor Holzinger, investigadores del Memorial de Mauthausen; y por último de Daniel Simon, presidente de la Amical de Mauthausen francesa. Junto a los artículos se insertan diversos textos que recorren desde el punto de vista histórico lo narrado en el cómic junto con decenas de fotografías sobre Francesc Boix y sobre Mauthausen. El dossier en su conjunto es una herramienta memorialística de primer orden.

El apartado gráfico de la obra es interesante, especialmente con algunos recursos concretos que utiliza Pedro J. Colombo para enfatizar determinados aspectos: las dobles páginas que permiten mostrar la grandeza del campo; la inclusión de fotografías dibujadas que representan fielmente las fotografías reales; o la presencia de composiciones de página variadas para jugar con el ritmo. Otro elemento destacable es la representación de los personajes, pese a que en un primer momento parece poco cuidada por la enorme similitud existente entre ellos, consigue trasnmitir la sensación de despersonalización que muestran las imágenes reales, donde todos los prisioneros se parecen. Por último, el trabajo de Aintzane Landa también consgue mostrar con acierto la dureza de Mauthausen.

En resumen, El fotógrafo de Mauthausen es una obra de obligada lectura para cualquiera que quiera conocer la realidad de los campos de concentración. La historia de Francesc Boix, que como decía al inicio del texto debería ser conocida por todo el mundo, es el motor de la narración, pero la importancia de este cómic no reside solo en la recuperación de una historia individual. En Mauthausen y sus campos anexos fueron asesinadas más de 90.000 personas, de ellos aproximadamente 4.000 fueron republicanos españoles de cuya muerte Franco fue cómplice. No dejemos que estos hechos caigan en el olvido.

PD: En el Arxiu Nacional de Catalunya podéis ver una galería con las fotografías de Francesc Boix que se han podido recuperar hasta el momento.

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